A veces la tristeza se queda, se instala. Ves como guarda sus calcetines en el cajón, el cepillo de dientes en el baño. Cuando se hace demasiado grande y amenaza con desbordar por puertas y ventanas, transformándolo todo en una melancolía sin noches... Yo, la doblo en pedazos cada vez más pequeños y me acuesto a descansar sobre ella, sin prisa, hasta que los pliegues de mi oreja la marcan y le recuerdan que soy yo quién siento, quién la siento y sin mí, no es nada.
Si escucharas a la bestia... No entiendo de qué me estás hablando, no sé si aún arrastras frases con sentido o sólo reverberan tus palabras rebotando asustadas en las elásticas paredes de mi cuarto. Algo sobre el miedo y la imposibilidad de mantener en calma mi mente, de poderla guardar en un lugar seguro y conocido. Algo de eso entiendo, sí, de verdad lo entiendo, aunque en este momento sólo puedo fijar mi atención en el lugar donde siento, el lugar llamado Tus dedos. De verdad, intento seguir el hilo de tu pensamiento, permanecer aquí y no distraerme. Puede que me hables a mí o quizá sean excusas y, no sé si me importa pero, también siento que me voy una y otra vez distraída tras tu huella, esa pluma grabada de líneas curvas que se cruzan me encontró hace tiempo. Tu índice relajado alrededor de mi ombligo peina a contrapelo, rozando apenas (sé que con fingido descuido) mi piel. Tienes que saber que ha sido él quien ha hecho que se dispare mi pulso y ahora me arrastra a un l...
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