Los pies aguardan enterrados en esta humedad inclemente. La gorra vieja, ya de un color imperceptible y que apenas cubre mi cabeza, salpica de arroyos mi rostro. Aún conservo la única blusa de los domingos que a jirones ha ido destapando brazos y espalda. Mi pecho, despellejado por las enconadas astas, arde a la costumbre de la intemperie. Hoy siento el estómago amargo y atrofiado, vacío de bayas y raíces, mientras espero escondida en un inútil silencio bajo esta obstinada lluvia fronteriza. Soy guardián del fuego en un mundo extinto. Ya fue... fue el final de la guerra, el final..., hace tiempo..., hace mucho... Fue el hastío en sus ojos, la mirada, el fugaz y nervioso desvío, la derrota en la frente... mi compañero... Fue entonces cuando se perdió, es ahora cuando lo recuerdo. Tarde, sí, tarde. Hoy por fin comprendo..., lo entiendo todo..., fue hace tiempo... Necesito excusarme en el arrebato de la confusión; puse manos a mis ojos, arropé mis oídos rotos por el...
Este con su sencillez y es de los que más me ha gustado. Pero a veces las malas ideas son las que traen los mejores momentos, a veces.
ResponderEliminarA veces, sí. A veces las malas ideas tienen muy largo recorrido y sí, a veces traen muy buenos momentos y su recuerdo es una guarida para fugitivos.
ResponderEliminarLas guaridas para fugitivos suelen estar llenas de telarañas, lugares húmedos e insanos en los que no es bueno permanecer mucho tiempo, son lugares de paso hacia quién sabe donde, pero siempre hacia otro lugar.
ResponderEliminarExacto, en cuanto el aire se hace irrespirable hay que salir, aunque sea arrastrándote.
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